miércoles, 20 de julio de 2016

Abbas Kiarostami. El viento nos llevará (1999)


Ya hace un par de semanas que el viento se llevó a Kiarostami, y no quiero desaprovechar el momento de rendirle un pequeño homenaje y recuperar una breve reseña inédita que le dediqué en su momento, un par de reflexiones a una de sus películas para mí más queridas e interesantes. Quede como recuerdo a este inteligente cineasta, y también como testimonio de mi sorpresa ante un texto que escribí antes del 11 de septiembre de 2001... y que hoy parece casi un vintage...


Con Kiarostami, el cine regresa a sus orígenes, o invierte la concepción contemporánea del guión. Parece como si hubiese estado estudiando el terreno palmo a palmo, sin preparativos ni texto, aprovechando el itinerario más perfecto de un paisaje, natural o humano, para moldear la estructura previa de una idea; una idea reescrita por el poder documental y poético de lo visible, por una ventana que no se deja reducir. 


Si no, ¿cómo explicar ese encaje de planos, esa armonía existente entre unos personajes que nunca han sido actores y una historia que parece haber estado siempre ahí para ser filmada? 

El tiempo pesado y sensorial, la casi ausencia de atajos en el relato y el impresionante trabajo de sonido y aprovechamiento de la luz, convierten el afán de contemplación de Kiarostami en un precioso fresco (de resonancias clásicas y de recuerdos occidentales antiguos) sobre un país, casi desconocido, que nuevamente consigue sorprendernos. 




Hay en esta película, además, algo del antiguo pudor a profanar secretos: los de la muerte, la intimidad o la infancia, por ejemplo. Todo transcurre mientras unas voces, siempre fuera de plano, se obstinan en no salir a escena, tal vez por su recelo al mundo de la capital, donde la huella de lo occidental ha dejado ya un poso que se deja notar en los países islámicos.



La mirada que se nos ofrece tiene como límite el momento en el que puede llegar a hacer daño, justo en esa frontera en la que puede llegar a perturbar o violar la tranquilidad de un mundo lento y con ecos oníricos muy suaves. Bucle que encaja igualmente con su narración, que se detiene en el preciso instante en el que las palabras podrían comenzar a recubrir, con su manto falsificador o simplista, la profunda interioridad de un rito, de una microsociedad o de unas vidas. 



El destino primario de descubrir y revelar misterios se entierra de nuevo en la fugacidad de un río: el personaje vuelve a su punto de partida habiendo recorrido un importante y placentero itinerario. El viento nos llevará, vivamos, a ser posible sin responder a las preguntas por los demás.





Hasta siempre, Abbas...


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