sábado, 3 de octubre de 2015

Todas las primaveras de Alejandría


Agustín Fructuoso, Eva en la terraza de Alejandría


En tiempos un famoso faro iluminaba la entrada de todos los barcos que se acercaban a la ciudad de Alejandría. Una gigantesca antorcha velaba sobre las manos de Zeus, dios del rayo, para iluminar el espacio, interior y exterior, de la mayor cosmopólis antigua, centro de civilizaciones y punto de convergencia de culturas. Una iluminación que, asimismo, no dejaba de aprovechar el destello periférico de su fuego para poner foco en el no menos descomunal proyecto de acumulación del saber que atesoraba su famosa biblioteca, la de casi un millón de manuscritos. El faro de Alejandría miraba orgulloso al confín del horizonte, hacia el único lugar donde encontraba límite su hospitalidad mundana y filosófica.

Agustín Fructuoso

Con el paso del tiempo, faro y biblioteca, ambos se diluyeron y perdieron sus verticalidades, sucumbieron al fuego, a la noche y a los impulsos de las mareas de Poseidón y Cronos. Ambos se diluyeron en el pasado, no sin dejarnos ese sutil recuerdo que en forma de repetición vuelve y nos envuelve. Es el deseo de acompañamiento para el recién venido, el bárbaro, el extranjero que es acogido con la señal protectora de Zeus, gobernador del Olimpo, para alegría de la ampliación de nuevos horizontes y perspectivas, con nostalgia, desde luego. Pero es también el recuerdo de toda una iluminación a espaldas de la ciudad, la del pasillo que nos devuelve al archivo del saber, expresado en diferentes lenguas, al abasto del profano y del sabio, sito en la mayor biblioteca mítica de toda la historia.

Agustín Fructuoso

Lejos queda todo, claro está, y por completo oscurecido, pero de la cultura griega siguen resonando las voces y los destellos, entre ellos los de aquella diosa mujer, madre, amante y hermana de dioses, Deméter, imparable ante la oscuridad, luchadora ante el tiempo y el peso crudo de los hechos humanos, incluso de los más grises. Ella sigue cubriendo y descubriendo su tocado, aunque a pesar de sus desvelos solo pudiera finalmente arañarle al oscuro Hades, al destino y al caprichoso juego de los dioses hermanos, dos decisivas cosas: la agricultura para el conocimiento de los seres humanos (el saber de la alimentación) y la permanente vuelta de la primavera, la renovación cíclica de todo lo vivo. 

Persephone y Deméter, pieza del British Museum

El periplo de Da mater, "la gran madre", a quien algunos atribuyen identidad con la diosa madre ancestral de las antiguas civilizaciones, hubo de pasar por engendrar una única hija y asumir parcialmente los dictados y caprichos de dos de sus impetuosos hermanos: Zeus, supuesto padre de la niña, y Hades, dios del mundo subterráneo y de la oscuridad, cautivado por la inocencia de la joven. Dos únicos apoyos encontró Demeter en el panteón: Helios, dios de la luz, responsable de revelar a la diosa el paradero de su hija, y Hermes, el mensajero, único capaz de hallar una grieta por la cual encontrar su escondite. 


El grito de Deméter resuena, dejando la tierra yerma y desierta: nada crecerá ni germinará en todo el orbe. La vida quedará segada de un golpe. La diosa del cultivo vocifera compitiendo en fuerza con el rugido del trueno olímpico de Zeus, que no puede evitar ofrecer la contrapartida ante la destrucción de todas las cosechas. Este será el nacimiento necesario de la primavera, con la vuelta anual de Perséfone, flor del cuidado terrenal, que permanecerá constante hasta el día de hoy, tal vez siempre breve, estacional, pero de nuevo revolucionaria y transformadora con su regreso, sin nada ni nadie que impida su firme y fiel llegada a la cita.




Es posible que las primaveras solo nos dejen con el paso de los años ligeros recuerdos, sombras de nuestros tejidos todavía vivos en invierno. Pero aunque siguiendo los pasos de Deméter no podamos evitar dejar siempre encerrados por un tiempo nuestros gestos y nuestros amores en el territorio más remoto de lo oscuro, siempre sabemos que dentro del periplo de las repeticiones, a pesar de nuestras soledades invernales, cada año la primavera nos permite, un poco como con el arte, reconstruir como podemos la vida, traer al presente todo aquello de lo que durante un tiempo carecemos. Cada repetición es una oportunidad de hacer todavía más vivo nuestro recuerdo, y de hacer brillar nuestro misterio nuevamente con la mayor fuerza.


Gracias a esos momentos en los que nos ayudamos de la primavera y esta nos ofrece sus tejidos, podemos imaginar y ver tras el tocado de Deméter relucir el faro de Alejandría a lo lejos, y ayudar a que se proyecte su luz, en nuestro horizonte, iluminando como con una lámpara trasera todo el trabajo cultural que hemos dejado hecho y el que nos queda por hacer.





Cheek to cheek es una exposición de Xaro Castillo y Agustín Fructuoso
en La Xina A.R.T. (9 de septiembre al 24 de octubre de 2015)


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