domingo, 28 de diciembre de 2014

El origen de la imagen y la estética antigua en Grecia (I). La armonía



A pesar de que oficialmente la estética como disciplina no comenzó hasta el siglo xviii, nada nos impide pensar en ella como una actividad presente y vigente en el mundo antiguo. Gracias a amantes del helenismo como Plinio, Vitrubio, Filóstrato o Pausanias conocemos los conceptos e ideales que acompañaban al primer desarrollo del arte… Podemos hablar de pensamiento sobre la imagen y sobre el arte desde siempre, no solo ceñidos a la actividad humana y contemplativa del sujeto, ni en dependencia de la nueva materia de estudio nacida con la Ilustración. Encontramos un elemento permanente en el arte: la imagen, así como dos claras orientaciones originales en su idea; no en vano la distinción en la imagen comenzó a materializarse ya en la distancia artística entre los egipcios y los griegos. La civilización egipcia (tanto como las sociedades mesopotámica, minoica y micénica) representaba el mundo de forma abstracta. En estas culturas, la pintura estaba ligada a la escritura: representaba conceptos según una ejecución reglamentada y controlada por los organismos de poder (reyes y sacerdotes) y nunca (salvo excepciones) al margen de la frontalidad. 


Por su parte, aunque la fórmula geométrica estuvo presente incluso en las pinturas de las culturas minoica y micénica hasta el siglo VII a.C., los antiguos griegos comenzaron a entender la representación plástica, desde su origen, como una copia de la realidad: aletheia (véritas en latín); la sombra proyectada en la pared era resultado de una transferencia directa del natural. 



No obstante, si bien los griegos desarrollaron una nueva forma de arte más realista y naturalista, aquel mayor acercamiento desde la representación a la naturaleza comenzó a incorporar, al menos desde época platónica, las dos vertientes: la centrada en la observación e imitación de lo percibido, por una parte, y la más intelectual y tradicional, por otro. El secreto de esta íntima conexión, sin duda alguna, fueron las matemáticas y la geometría, en concordancia con la naturaleza y como receptoras de las fórmulas artísticas de las culturas anteriores al apogeo griego. De todo ello hablaría Plinio en el Libro VII de su Historia Natural, donde atribuía la invención de la pintura tanto a los egipcios de Sición como a los griegos (Plinio recogía las opiniones de Aristóteles, quien atribuía el arte a un pariente de Dédalo, y de Teofrasto, para el cual se debía al gran artista ateniense Polignoto).[1] No obstante, al comienzo del libro XXXV, Plinio sentaría el relato mítico predominante hasta el siglo xviii, el de una imagen imitada o representada y limitada por cánones y proporciones (originada históricamente en Corinto).


Desde luego, la primera gran cuestión de la estética antigua aparece presentada en el pitagorismo en la antigua Grecia: la armonía.[2] Esta armonía era una estructura, una combinación de elementos que lograba unidad en la pluralidad y daba como resultado la belleza. Los griegos entendían los números como geometrías: la ley del cosmos (kosmos, «orden y belleza») era numérica, los números validaban las formas o las relaciones entre partes de figuras, además de formalizar siluetas de tipos de cosas. En toda forma existía algo universal, objetivo e incluso mensurable en términos numéricos, algo de representación o incluso de imitación de la ley del universo. Los objetos y las cosas observables tenían un parecido armónico con las formas matemáticas de la geometría. Una figura humana o una estructura arquitectónica eran bellas cuando respondían a una proporción armónica de ese tipo.


De entre las ideas pitagóricas, destaca sobre todo la de mímesis o imitación de las formas puras del mundo. Éstas no se referían a una imitación directa de la naturaleza, sino a la recreación esencial del orden último o kosmos que la estructura. Y para llevar a cabo una mímesis armónica de esas características era necesario no solo atender al parecido geométrico, sino a la symmetria, la relación de las partes con el todo, basada en la proporción, denominada en griego analogía. Basándose en las teorías pitagóricas sobre la armonía, el escultor Policleto elaboró un tratado sobre symmetria (proporciones) en el ser humano, denominado Canon (kanon significa en griego «caña o vara de medir»): la escultura del Doríforo sirvió para ilustrar esa noción matemática de simetría. La naturaleza había conformado el cuerpo humano y sus miembros guardaban una exacta proporción respecto al conjunto: los antiguos fijaron esta relación en sus obras, donde cada una de las partes guardaba una exacta y puntual proporción con respecto al conjunto de la obra total.

  
Según Plinio, Parrasio fue el primer artista en dar proporciones, aunque sus cabezas y sus articulaciones parecieran demasiado grandes, o pequeñas, o tuvieran errores en las medidas o en la disposición de las figuras. El cuerpo humano, formado por la naturaleza, invitaba a buscar modelos entre los jóvenes, con quienes, con el tiempo, se edificaría finalmente el canon artístico clásico. Mientras tanto, los dibujos de Zeuxis y Parrasio sirvieron de modelo en una selección icónica natural brindada a los artistas posteriores; el canon se fue incorporado casi de modo inconsciente con el paso de los siglos. Los codos, los brazos, los pies y las manos, tallados en mármol, piedra, madera o caña se convirtieron en unidades de medida y en reglas de las dimensiones. El rostro, desde la barbilla hasta la frente, terminaría siendo una décima parte de la altura total. El ombligo, el punto central natural del cuerpo humano. La palma de la mano, desde la muñeca hasta el extremo del dedo medio, mide exactamente lo mismo. Si nos referimos al pie, sería sexta parte de la altura del cuerpo; el codo, una cuarta parte, y el pecho equivale igualmente a una cuarta parte.


Precisamente respecto a la relación entre las partes y el todo, con una persona de pie, con las manos y los pies estirados, puede trazarse la figura geométrica de una circunferencia tomando el ombligo de esta persona como centro, y establecer así una primera relación del microcosmos humano con la geometría de la naturaleza. Pero no todo acaba aquí, puesto que a partir de ella se puede construir otra figura geométrica: un cuadrado, que podría encadenarse a la totalidad geométrica del kosmos mediante las relaciones que existen entre todas las figuras geométricas. 











Esto explica por qué las proporciones humanas fueron utilizadas en la cultura griega a la hora de diseñar y construir edificios, sobre todo de templos, y como la arquitectura era un puente entre la armonía humana y la del universo. Las partes de los templos debían guardar una proporción de simetría perfectamente apropiada entre sus partes y de ellas con respecto al todo. Como sucedía con los miembros o con las partes del cuerpo humano, era imposible que un templo poseyera una correcta disposición si carecía de simetría y proporción. 

Quedaba así estructurada la armonía entre las artes y el cosmos, pero también cerrado el espacio visual de la imagen en el territorio de lo apolíneo, tema del que nos ocuparemos en la próxima entrada.




[1] Plinio, N.H. vii, 205.
[2] José María Valverde. Breve historia y antología de la estética, Barcelona, Ariel, 1995.

Enlace a El origen de la imagen y la estética antigua en Grecia (II). La belleza

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